miércoles, 27 de mayo de 2009

No le importó hacer el ridículo y en vez de sus desflecados vaqueros de militante, ese día apareció en el club con una primorosa y re contra super burguesa minifalda de terciopelo negro. Ella se había vestido para la ocasión según sus convicciones, y creyó poder soportar todas las bromas que sus amigos le hicieron, mostrándose indiferente al tema y emulándolos en su alocada carrera de contar anécdotas militantes entre vino y vino. Pero lo cierto era que Ana no tenia la mas mínima cultura alcoholica y entre el segundoy tercer vaso sintió que los pies no respondían a sus órdenes y se comportaban como jarillas borrachas de viento. Para sosegarlos, se tironeaba la minifalda en vano. En el medio de esa ráfaga incontenible, vio por primera vez a Jorge y se le encendió una chicharra en el estómago y en los cachetes. Jorge se sentó a su lado y conversó con los jocosos y comensales mientras Ana hacía esfuerzos sobrehumanos por controlar sus párpados, empecinados en bajar las persianas y clausurarle la fiesta. ¡Era el papelon más bochornoso de su vida! Justo cuando ese terrible buenmozo le homenajeaba el espíritu, la risa se le escapaba a borbotones y la lengua se le empantanaba entre el paladar y la saliva, resistiéndose a pronunciar un solo sonido con sentido. Cuando llegó la hora de la volanteada, ante las evidencias del alcohol y aquella impenetrable aureola de encanto que sólo se pinta de a dos, los compañeros del sector universitario abandonaron a Ana a su suerte, dejándola atrapada en la telaraña de esa silla obsesionada en poseerla. Todos se fueron alegres a cumplir su militante misión y los novios a consumirse en besos y a preparar su carpa y mochilas para la luna de miel. Jorge la miró entre disimulados suspiros le dijo que lo mejor sería ir a tomar una buena taza de café con cenizas. Ana obedeció a los brazos de Jorge que la rescataron de su silla y volvieron a sentar en un destartalado Citröen, la levantaron y volvieron a sentar en la butaca de un bar, la abrazaron y le dieron de beber sorbo a sorbo el renegrido brebaje. Esa tarde mientras la llevaba de regreso a su casa, Ana supo que él habia escrito en su último suspiro de princesa en la torre, y él presintió que en su vida nada sería igual, porque por fin, ella era quien lo rescataba. Con el tiempo y la sobriedad vinieron los estúpidos pretextos para provocar encuentros, los cosquilleos insoportables al mirar como se dilataban las pupilas del uno en el otro. Más tarde llegaron los "¿Vamos al cine?", los "bueno", las ridículas excusas para volver a verse, los "se me rompió este reloj que era de mi abuelo", los "yo te lo llevo a arreglar", los "nos vemos después de la manifestación", los "te espero en mi casa a tomar unos mates" y allí nomas los besos, las caricias, los te amo, los yo también, los estoy enamorado hasta que me duelen los huesos, los no puedo vivir sin vos, los "¿por qué no vivimos juntos?" de él y los ¿por qué mejor no nos casamos?" de ella. Y ya más por pasión que por inercia siguieron los "bueno", más "bueno" y siempre "bueno". Y entre medio de planes revolucionarios y revoluciones planeadas, Ana y Jorge se dieron permiso para el más burgués y humano de los sentimientos: el amor.

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Lo publicado.